Un tribunal de Chubut anuló una sentencia porque «se notaba» que estaba escrita con inteligencia artificial. Después, el Superior Tribunal de la provincia revocó esa decisión. El caso disparó una pregunta que ya no es teórica: ¿puede un juez usar ChatGPT u otras herramientas de IA para trabajar? ¿Y qué pasa con los derechos de quienes litigan? Un artículo doctrinario reciente ordena el debate y explica, con ejemplos concretos, dónde está el límite.
De qué habla realmente este debate
Cuando se habla de «inteligencia artificial en la Justicia», mucha gente imagina un robot dictando sentencias. La realidad es mucho más modesta y, a la vez, más concreta: hoy la IA se usa sobre todo como asistente de oficina. Ordena expedientes, resume documentos, detecta errores en cálculos, sugiere qué escrito es urgente y ayuda a redactar borradores que después revisa una persona.
Pensemos en un juzgado como un consultorio médico con mucha demanda: la IA sería como una secretaria muy eficiente que ordena la sala de espera según la urgencia de cada paciente, prepara la ficha antes de la consulta y avisa si dos estudios dicen cosas contradictorias. Pero la que examina, diagnostica y decide sigue siendo la médica. En la Justicia pasa lo mismo: la IA ordena y sugiere, el juez o la jueza decide.
El caso que puso el tema en la agenda: «Chubut c/Payalef»
Cuando un juez usó IA para redactar y una Cámara anuló el fallo
En 2025, en Esquel (Chubut), una Cámara Penal anuló una sentencia de primera instancia al detectar frases que, a su criterio, revelaban el uso de inteligencia artificial en su redacción. El argumento fue que no se podía reconstruir «cómo pensó» el juez al resolver.
El Superior Tribunal de Justicia de la provincia revocó esa nulidad. Su razonamiento fue clave: lo que se controla en una sentencia no es con qué herramienta se escribió, sino si está bien fundada, si es lógica y si puede ser revisada. Usar IA para redactar es, en ese sentido, parecido a consultar un libro de doctrina o una base de jurisprudencia: una ayuda para pensar, no un reemplazo del pensamiento.
Este antecedente es importante porque marca la diferencia central de todo el debate: una cosa es la redacción asistida (usar IA para escribir o mejorar un texto) y otra muy distinta es la decisión judicial (resolver quién tiene razón en un conflicto). La primera está permitida si hay control humano. La segunda nunca puede delegarse en un algoritmo.
¿Para qué se usa hoy la IA dentro de un juzgado?
El trabajo diario de un juzgado —sobre todo en el interior del país, donde una misma secretaría atiende causas civiles, laborales, previsionales y penales al mismo tiempo— genera un volumen enorme de escritos, pruebas y planillas. Ahí es donde la IA empieza a tener un rol útil y bien delimitado:
Ordenar qué expediente atender primero
Así como un triage hospitalario separa una urgencia de una consulta de rutina, la IA puede leer los escritos que entran y sugerir cuáles requieren atención inmediata (por ejemplo, un embargo o una medida cautelar) y cuáles pueden esperar. La decisión final de prioridad la sigue tomando el personal del juzgado.
Ayudar a redactar documentos rutinarios
Muchas resoluciones se basan en modelos ya existentes (por ejemplo, el inicio de un trámite sucesorio). La IA puede sugerir qué modelo corresponde a cada caso y completar los datos, pero siempre como un borrador que una persona revisa antes de firmarlo.
Revisar pruebas y planillas de cálculo
En causas con mucha documentación (historias laborales, informes médicos, liquidaciones de sueldos o indemnizaciones), la IA puede comparar datos y avisar si hay contradicciones —por ejemplo, si dos informes indican fechas de trabajo distintas— para que el juez o la jueza lo tenga en cuenta al resolver.
Detectar si un mismo problema se resuelve distinto según quién lo mire
A veces, dos expedientes casi idénticos terminan con soluciones diferentes simplemente porque los atendió una persona distinta un día distinto. La IA puede detectar esas diferencias y ponerlas sobre la mesa, para que el criterio dentro de un mismo juzgado sea más parejo.
Argentina ya tiene experiencias concretas
Esto no es ciencia ficción. En el país ya funcionan varias iniciativas:
- Proyecto Hodor: un asistente judicial que automatiza trámites como el inicio de sucesiones y la liquidación de honorarios, y que ya se incorporó parcialmente al sistema Lex100 de la Corte Suprema.
- Poder Judicial de Córdoba: usa IA desde 2019 para reconocer deudas fiscales, clasificar causas de violencia familiar según su gravedad y sistematizar jurisprudencia (sistema «Jurisemia»).
- Ministerio Público Fiscal de la Provincia de Buenos Aires: avanza con IA generativa para analizar grandes volúmenes de información, con pruebas piloto controladas.
- Corte Suprema de Justicia de la Nación: genera resúmenes de fallos «en lenguaje claro» para que cualquier persona, no solo abogados, pueda entender qué resolvió un tribunal.
Los límites que nadie puede saltear
El artículo analizado insiste en algo central: la inteligencia artificial puede ayudar a organizar, pero no puede reemplazar el criterio humano en una decisión judicial. Estos son los resguardos que se consideran indispensables:
- Siempre hay una persona controlando. Ningún resultado de la IA se usa «tal cual»; todo es un borrador que debe ser revisado.
- Se debe poder explicar cómo se llegó a un resultado. Si nadie puede entender por qué el sistema sugirió algo, esa sugerencia no es confiable.
- Los datos sensibles se cuidan especialmente. Un expediente judicial suele contener información personal delicada (salud, ingresos, situación familiar), y eso exige mucho cuidado con la privacidad.
- La «alucinación» es un riesgo real. Los sistemas de IA generativa pueden inventar información con total seguridad, incluso citar fallos o normas que no existen. Por eso todo debe verificarse contra el expediente real.
Por qué esto importa si no sos abogado o abogada
Que tu causa —un reclamo laboral, una sucesión, un trámite de jubilación— se resuelva en tiempo razonable, con criterios parejos y sin errores de cálculo, depende en buena medida de cómo funciona la «cocina interna» de un juzgado. La incorporación prudente de estas herramientas apunta, justamente, a reducir demoras y errores administrativos, sin que eso signifique que una máquina decida tu caso. La decisión, la valoración de la prueba y la responsabilidad final siguen siendo, siempre, de un juez o una jueza de carne y hueso.
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